Miles de familias españolas levantan un segundo chalet en la playa para demostrar que ya no pasan hambre, y ahora veranean en dos turnos para que nadie lo olvide
La sociología confirma que la segunda residencia en la costa no era un lujo, sino un trofeo de posguerra: los propietarios han institucionalizado un ritual de dos turnos de verano para exhibir que la escasez quedó atrás.
Miles de familias españolas han convertido la segunda residencia en la playa en un trofeo de posguerra y han institucionalizado un ritual de dos turnos de verano para que el vecindario no olvide que ya no pasan hambre. La medida, adoptada de forma espontánea en urbanizaciones de Benidorm, Torrevieja, Salou y la Costa del Sol, consiste en ocupar el apartamento en julio con la rama paterna y en agosto con la materna, dejando la vivienda cerrada el resto del año salvo para recibir visitas guiadas de los vecinos del barrio de origen.
Los propietarios, nacidos en su mayoría en la posguerra, han contratado a porteros de finca para que levanten acta de cada visita y han instalado paneles en la fachada con el año exacto en que la familia dejó de necesitar cartillas de racionamiento. «No es una casa de vacaciones, es un monumento a que ya no nos falta de nada», ha declarado un portavoz de la asociación de segundas residencias, que exige que los ayuntamientos costeros incluyan estos inmuebles en las rutas turísticas oficiales.
La práctica se ha extendido hasta tal punto que algunas comunidades han creado turnos de noche para vigilar que ningún vecino presuma de playa sin haber pagado antes la hipoteca principal. Los sociólogos advierten de que el fenómeno ya no distingue entre veraneantes y residentes: en agosto, los propietarios desfilan cada mañana desde el piso de la ciudad hasta el apartamento de la costa para saludar a la bandera de la propiedad y regresar antes del anochecer. El próximo verano está previsto que el ritual incluya una ceremonia de relevo entre generaciones, con los nietos izando una toalla con el escudo familiar.
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